Lo siento, lo siento aquí dentro.
Y no sale, se aferra, 
no se desprende, se adhiere. 
Le siento y es como si gritara dentro mío, 
como si habitara en mi cuerpo.

Me mostró el mundo con todos sus matices, 
me pidió que nunca parara hasta lograr devorarlo de un bocado. 
Me puso alas y me enseñó a usarlas, 
me pidió luchar hasta con el último aliento por mis deseos y sueños, a jamás detenerme. 

Me enseñó a creer en lo imposible, a imaginar lo jamás imaginado. 

Yo le aprendí lo gladiador de su existencia y la terquedad con la que defiende sus creencias, me dio un porqué y yo le añadí mis propias respuestas. Con el tiempo me dí cuenta que no era el hombre más sabio pero si mi gran maestro. 


Mi padre, un hombre como cualquiera en la tierra, pero para mí el más importante de todos. 
¡Gracias! Por dejar tus mejores años en mí, por ser mi armadura, por que no hay ningún momento en mí vida en que te necesitara y no estuvieses, por aguantar todas mis locuras que tantas veces te han hecho desvariar, por ser mi papá. Soy la más afortunada de tenerte. 
Te admiro tanto, Te amo.
Decidir salir de la zona segura y construir nuevas riendas a la existencia. 
Empezar el comienzo de un final para dejar que algo más surja; 
aunque no sepamos qué, pero si que es hora de que lo haga. 
Dejar que el presente sea y esperar que lo que traiga sea igual de fascinante que lo que termina.
Te pronuncio ahora, te pronuncio aquí y a deshoras; porque tienes la medida de silencio en la cual mis pensamientos viajan a reposar, aprovecho que posees la raíz de mi deseo el cual no logro desentrañar. Cuánto me conmueve imaginar que te integras templadamente a mi cuerpo; enorme y sublime enigma de lo inefable.

Tus manos, tus inusuales manos de hombre taciturno; cuántas visiones obtengo del recuerdo de tus esplendorosas manos; me atrevo a decir que le ajustan de manera impecable a las mías; como si fuesen rompecabezas.

Aquí y a deshoras, me pregunto si algún día mis ojos dilatados de delirio te volverán a mirar.