Yo conozco un cronopio,
un tipo que me habló de la lluvia,
de la mirada de un niño mendigo
y de un hombre enamorado de la Maga.
Amante de las cosas pequeñas,
de las que son insignificantes a la prisa del mundo.
Encontrarse con él es armarse ligaduras,
de esas que ni un buen hacedor de nudos
sabría deshacer,
se va armando un nudito con conversaciones,
que de tiempo y espacio, saben realmente rumores.
Nada es la vida y la muerte en los desvelos con Julio;
somos dos existencias equidistantes
prescindiendo de ademanes y lugares,
porque es tan usual hallarlo en la rayuela,
en una pipa o un poema,
en el silencio, en los amantes
o en una banca de parque.
Julio es un abrazo y un refugio,
una bofetada de reconciliación,
un árbol para trepar cuando el mundo
tangible me quiere tragar,
el escondite secreto del terremoto de
lo efímero y material.
Torbellino enardecedor,
porque cuando pienso en él, oigo su voz
y sus palabras tienen adheridas esa
inconfundible acentuación.
"Hay que vivir combatiéndose", me dice,
y no hay más que escucharle para
que mi melancolía cruja y mis sueños se aturdan.
Tal vez jamás nadie crea la existencia de tal hombre,
pero basta asomarse a los compases de un buen jazz
para poder encontrarlo, para poder reflejarse
en sus ojos claros que involuntariamente saben conjugarlo.
"Che, hay que vivir combatiéndose, es la ley",
me repite el enormísimo cronopio;
de quien cada día escucho historias sobre
como exiliado de una patria encontró muchas más.
Un cronopio que de oficio es escribidor en los ruidos del viento, y que asegura este sólo se realiza al compás de contratiempo.
Porque escribí
Ya se termina el año, y antes que ir a estar con la familia, quise cerrarlo con una última publicación del 2013.
Me siento contenta de la pausa que decidí tomar este año con respecto a mis actividades cotidianas y la forma de vida que estaba llevando, a veces una se abandona tanto al trabajo y se olvida de lo qué es el tiempo libre o de hacer lo que le gusta hacer. Ese tiempo me permitió alimentar mi pasión por la lectura, la poesía y la escritura como antes nunca lo había hecho. Miro esto como un ensayo constante, al que no voy a renunciar más hasta el resto de mis días.
No soy ni aspiro a ser gran escritora para otros, más que para mi misma, por lo que tener un espacio donde ejercer la escritura es algo fantástico, y que alguien se detenga a leerme es algo que agradezco, ya que por ser casualidad es bonito cuando sucede. La Literatura es buen lugar para encontrarse.
Cierro pues con este poema del señor Enrique Lihn, que conocí gracias a Roberto Bolaño, lo nombra tanto en su trabajo y en las entrevistas que le realizaron, que me di a la tarea de buscar sobre él; y ahora comprendo tanta admiración y la influencia que tuvo sobre él para formar su visión de la Literatura. Estoy de acuerdo con Bolaño cuando dice que si se piensa en hacer una antología poética, Enrique Lihn tendría que estar presente,no sólo en un plano latinoamericano sino universal.
Este es el último poeta que leí este año, hombre de versos que me han impactado mucho. A veces uno tiene la suerte de encontrar algún poema en el cual se puede reflejar como en un espejo, y eso me ha pasado con este.
¡Genial cierre e inicio de año!
Mujer inerte
Y qué si hoy sólo quiero dejar pasar el día,
qué si no quiero que alguien me absuelva
y quiera hacerme entender del bien y el mal.
Qué si los alientos hoy no son más que ecos
que no tienen sentido y no quiero escuchar.
Qué si hoy no me da la gana de mostrar mis
pensamientos y gastarme en argumentos.
Qué si hoy sólo quiero estar callada y encerrada,
mirando la eternidad del silencio,
sintiendo lo impredecible de mi existencia,
sin que mis cabellos sean materia,
sin pensar nada,
mirar escenas que no corresponden conmigo,
sentir que este vacío también es mío
y que todo es un fastidio.
Qué si hoy sólo quiero dedicarme a dejar
mi mirada fija en el techo, a ser inmóvil...
Esto también es estar viva,
esto también es el caos,
también es darse cuenta de la postura
del tiempo y la fragilidad del cuerpo,
de la mediocridad y el hastío
que como todo necesito para saber que existo.
Qué si hoy no quiero hacer, caminar o decir,
qué si hoy estoy cansada de todo y
sólo quiero no sentir nada,
qué si sólo me quedo aquí,
a tirarme por la curvatura de la insensibilidad.
qué si no quiero que alguien me absuelva
y quiera hacerme entender del bien y el mal.
Qué si los alientos hoy no son más que ecos
que no tienen sentido y no quiero escuchar.
Qué si hoy no me da la gana de mostrar mis
pensamientos y gastarme en argumentos.
Qué si hoy sólo quiero estar callada y encerrada,
mirando la eternidad del silencio,
sintiendo lo impredecible de mi existencia,
sin que mis cabellos sean materia,
sin pensar nada,
mirar escenas que no corresponden conmigo,
sentir que este vacío también es mío
y que todo es un fastidio.
Qué si hoy sólo quiero dedicarme a dejar
mi mirada fija en el techo, a ser inmóvil...
Esto también es estar viva,
esto también es el caos,
también es darse cuenta de la postura
del tiempo y la fragilidad del cuerpo,
de la mediocridad y el hastío
que como todo necesito para saber que existo.
Qué si hoy no quiero hacer, caminar o decir,
qué si hoy estoy cansada de todo y
sólo quiero no sentir nada,
qué si sólo me quedo aquí,
a tirarme por la curvatura de la insensibilidad.
De una despedida o de cómo dos amantes conversaron sin palabras
Uno frente al otro, juntos,
como adivinándose el pensamiento;
como si él ya supiera lo que ella iba a decir,
como si ella ya supiera lo que él tenía en mente
y maquilaba además, lo que iba a responderle.
Incapaces de mirarse a los ojos, porque el primero en levantar la vista sería quien diera paso al segundo acto: soltar la primer palabra, la primer frase,
ser quien espere la respuesta del otro.
Eran las reglas del juego, así las habían consentido sin pactarlas, de común acuerdo, desde siempre.
Ella le conoce bien el truco del cigarrillo, siempre ha de ser su salvavidas un cigarrillo, si fuera un niño usaría a su madre para esconderse detrás.
Él sabe que la expresión de desolación es su táctica, ella siempre recurre al gesto triste cuando quiere que sea él quien ceda, y eso, lo irrita un poco.
Y es que ninguno es bueno para las despedidas, cosa nada rara, que los seres humanos seamos tan infinitamente vulnerables en los intervalos del adiós, tanto o más que en la primer mirada, en el primer saludo; porque a ninguno le costó sonreírse la primera vez.
El lenguaje enmarcado con esa primer sonrisa, se extendía ahora con la evasión de las miradas, con el sometimiento de sus palabras. El comienzo, todo y nada tiene que ver con la despedida.
Ella está pensando que no va a decirle que lo extrañará si no lo hace él primero,
él no sabe si decirle que la va a extrañar sea la primer cosa que debiera decir.
Él quiere preguntarle si buscará un nuevo amor cuando se vaya, cuando la tregua del tiempo y la distancia sea lo único que haya.
Ella sólo contiene sus enormes ganas de llorar, no quiere dejarlo ir, pero de golpe se da cuenta que ese deseo emana del egoísmo, y el egoísmo nunca ha sido su plato fuerte;
no hay lugar permanente para nadie, o al menos, no debería haberlo.
Él se ha acabado el cigarrillo; la boca sin pretextos, la boca libre toma la iniciativa: "Te escribiré, es una promesa".
Ya lo secunde la mirada de ella, baja la guardia y le muestra los ojos, tristes y llanos.
"No me prometas nada, no prometas cosas que durante algún tiempo puedas cumplir pero que a la larga se vuelvan tan rutinarias que te cueste hacer, sólo ve y se feliz".
Lo ha desarmado, él ya no sabe qué más pudiera decir, sus pensamientos están tiesos, pero de manera impulsiva alcanza a decir:
"Si lo haré, lo haré porque me importas y siempre me importarás".
Ella asoma una mediana sonrisa y lo mira fijamente, como si en esa mirada estuvieran contenidas todas las palabras de adiós que no dirá.
Se levanta y le acaricia el cabello, le da un beso en la frente y otro más largo en los labios, esos labios que tanto adora, y que ahora, tal vez nunca más volverá a tocar.
Se marcha, toma sus cosas y se aleja caminando lentamente; no quería acompañarlo hasta la estación, así era mejor.
Él también lo creyó así, por eso la dejó ir, por eso no la detuvo, comprendiendo entonces que no habían tenido palabras uno para el otro porque ya no eran necesarias;
sólo quedaba considerar la idea de que algún día, se volverían a ver. Ojalá ella también lo estuviese pensando así.
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